Gestionar pérdidas en una crisis

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Por Raúl Edgar Ortego

Me decidí a escribir unas líneas para mis jóvenes colegas, actuales compañeros de trabajo al tomar la decisión de dejar, creo que definitivamente, las tareas asistenciales. Interpreto que los propios acontecimientos me están señalando la oportunidad, recluido por viejo en esta crisis sanitaria, y consciente de que mi esposa requiere más de mi compañía; se le suman achaques que van alterando progresivamente su calidad de vida.

Tuve deseos de transmitirles algunas ideas a propósito de la crisis que estamos transitando: la pandemia que será recordada como COVID – 19. Lo hago como documento adjunto para no molestar a quien no tenga deseos de leerlo; creo que la brevedad de mensajes por WhatsApp es algo saludable para los grupos.

Soy consciente de que se trata de consejos no pedidos, un dicho popular afirma que nunca somos tan generosos como cuando damos consejos no solicitados. No obstante, quizás a alguno le sirva.

Viví la crisis conocida como “Rodrigazo”, sucedió en 1975, fue una devaluación brusca, y tan significativa, que los argentinos que tenían ahorros amanecieron un día con la noticia de que lo ahorrado en moneda argentina para comprar una casa no les alcanzaba ni para un lote; y los endeudados en moneda local, habían licuado su deuda. Un dato ejemplifica la situación; la cuota de una casa adquirida por préstamo del Banco Hipotecario había comenzado siendo la mitad de un buen salario, al momento de cancelarlo la cuota tenía el valor de un boleto de transporte urbano. Allí terminaron de aprender los argentinos que debían ahorrar en alguna moneda que prometiese ser más estable, o en especies (ladrillos).

Viví la hiperinflación de 1989, la clase media tuvo que recabar de las abuelas cómo hacer pan, se compraba la harina en bolsas para cocinar en casa; durante dos meses fui al hospital Lagomaggiore, y de ahí al Italiano, en bicicleta, tenía 40 años, 15 de médico, y no tenía dinero para el combustible del auto.

Viví la crisis de fines del 2001 – 2002. La devaluación asimétrica (convertir los ahorros y las deudas de dólares a moneda argentina) me salvó de perder la casa ya que las cuotas en dólares se multiplicaron por 4 en moneda local; no se me escapa que fue a costa de argentinos que perdieron el valor adquisitivo de sus ahorros (lo dividieron por 4). Aparecieron las cuasi-monedas (bonos provinciales) para cobrar los empleados públicos… que no servían para pagar. Así aprendimos los argentinos a desconfiar de los Bancos… y de los gobiernos.

Amigos, aprendí a perder… perdiendo. Un colega ya fallecido, el Dr. Alfredo González Martín, que gustaba de jugar Póker con sus amigos, resumió, en 2002, la situación con palabras muy simples: cuando se tiene una mano perdedora, lo inteligente es perder… lo menos posible; lo estúpido es querer ganar con una mano perdedora. Lo incorporé a mi acervo cultural para el resto de mi existencia; a eso me refiero con gestionar, o administrar si prefieren, las pérdidas. Tratar de elegir cuánto, y en qué perder, y, sobre todo, qué cuidar, para poder aprovechar las futuras manos ganadoras, porque la vida ofrece ambas.

Sugiero cuidar la estabilidad emocional, la propia primero, para poder contribuir mejor a contener la del grupo familiar. Cuidar el abrigo emocional de la familia, cuidar la pareja. Si la pareja está bien… los hijos estarán bien. Enseñar a los hijos, con el ejemplo, que las dificultades circunstanciales no modifican lo importante, el amor familiar.

Sugiero cuidar la integridad profesional, no sacrificar los propios valores personales en el afán de seguir ganando igual, o más, para mantener el status quo, o terminar proyectos. Gestionar que aspectos del status quo se sacrificarán para tratar de conservar otros; jerarquizar los valores en que se asienta el status quo de cada quien. ¿Mudarse a un alquiler más modesto? ¿Cambiar de colegio a los chicos? (verán cómo baja las cuotas el colegio actual), ¿Parar la construcción de la casa soñada?, etc.

Sugiero cuidar los trabajos, saber que se interrumpirán algunas cadenas de pagos; no confiar en que se cobrará lo trabajado, pensar que se cobrará lo hecho… tarde… y mal. Sugiero “hacerse la cabeza”, al decir de los chicos, en que se está empezando de nuevo; hay que rehacer las cadenas de cobros – pagos, eso supone trabajar sin cobrar proporcionalmente.

Sugiero cuidar los ambientes de trabajo. Los jefes postergándose a sí mismos para cuidar a sus dependientes; los dependientes cuidar a sus jefes de presiones incumplibles. No cambiar demasiado rápido las calificaciones personales; es muy difícil que quien hasta ayer era una buena persona, hoy se degeneró. Es cierto que en las crisis aparece lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, pero sugiero ocuparse más de contener las propias miserias, que de acusar rápidamente de miserable al prójimo.

Tengo más para decirles… y miedo de cansarlos con letanías de viejo. Lo dejo acá.

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